martes, 10 de septiembre de 2013

OLVIDO SIN OLVIDAR: DOS POEMAS DE EDUARDO EMBRY

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Qué país es la Inglaterra de Sudamérica

1
 
No es que mi casa
fuera la casa del presidente de mi país,
ni es que la casa del presidente
fuera realmente mi casa,
ni es que los aviones
que bombardeaban la casa del presidente
fueran aviones
que bombardearan realmente mi casa,
ni es que esos aviones
que bombardeaban mi casa
no fueran aviones de mi propio país,
ni tampoco es que esos aviones
que bombardearon la casa del presidente
fueran aviones que bombardeaban
la casa del presidente de otro país,
ni es que ponga en duda
la habilidad de una bomba
para destruir y reconstruir la casa de un presidente,
lo que realmente me quita el sueño
es la cara de sorpresa de su majestad
la reina Isabel II
cuando le preguntemos – si es que vale la pena preguntarle
– “señora, ¿qué país es la Inglaterra de Sudamérica?”
 
(este texto fue escrito a finales de noviembre de 1973, publicado de la revista de Casa de las América, en 1974)
 
 
Olvido sin olvidar
 
2 
 
La onda es olvidar sin olvido,
el olvido es una sombra:
si uno quisiera olvidar,
sentado en una silla, próximo
al conductor de un automóvil,
es el olvido que conduce, acelera,
hace cambios equívocos,
se salta la luz roja, el olvido es
una excelente fotografía
de la cordillera de los Andes,
el olvido es como aquel que piensa,
- sólo el que piensa existe-
el olvido atraviesa contigo la calle,
todo aquel que no piensa
piensa que el olvido no tiene existencia,
pero el olvido en sí mismo
es una materia inolvidable,
el olvido quisiera
que todos los días fueran
una sola noche montada sobre otra noche,
un caballero de pinta impecable,
un paraguas que se abre solo,
un fuego negro de borrar con un soplete
las huellas digitales de estos tiempos,
que nadie oiga el alicate maldito
que arranca el diente de oro
de un prisionero condenado a muerte,
este es el olvido, mírenle la cara
que nadie olvide al arrogante
que manda, permite, prohíbe,
que nadie olvide al soplón,
aquel que hizo los paquetes
amarrados a un lingote;
este es el perro que no muerde,
después de todo, entra tranquilamente a un café
donde se habla,
se mira, se observa
la taza encima de la mesa,
la cucharita que revuelve el azúcar;
si el olvido se convirtiera en ceniza,
del olvido crecería un pájaro;
si todos acordáramos olvidar,
los peces harían sus nidos en los árboles,
todo el amor que está en el aire
- los caballos y los rinocerontes-
taparían con un dedo la luz del sol. 
 


 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Se suspende temporalmente la presentación del libro "73 microcuentos"

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Ediciones Arttegrama nos ha comunicado que su editor Don Álvaro Ricoe, se encuentra enfermo de tifoidea desde hace una semana, por lo cual, el libro no ha sido inscrito en el registro de Propiedad Intelectual y en el ISBN. Lo anterior impide su trabajo de impresión y presentación en la fecha señalada.
 
La nueva fecha se comunicará oportunamente y Arttegrama se excusa ante los autores compilados y el público general.

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Invitación: Concurso de cuentos Juan Bosch: Región chileno-argentina austral

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En esta oportunidad, la embajada de República Dominicana, la Fundación Juan Bosch, la Facultad de Filosofía, Humanidades de la Universidad Austral de Chile y María Paz Álvarez de la Unidad de Coordinación de Extensión de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UACh, invitan a todos los escritores de la región chileno-argentina austral a participar de este nuevo certamen. 

En esta primera versión del concurso de cuentos Juan Bosch podrán participar personas mayores de 18 años de las regiones IX (Araucanía), XIV (Los Ríos) X (Los Lagos), XI (Aysén) y XII (Magallanes) de Chile y Provincias de Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego de Argentina.

Cada competidor puede participar con un trabajo inédito y no puede estar concursando en otro certamen local, nacional o internacional. La fecha final de recepción de los trabajos será el día 15 de octubre del presente año, considerándose válidas las cartas con sello postal hasta esa fecha.
Los cuentos deben ser enviados a: Concurso de cuentos Juan Bosch – Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile con dirección: Independencia 641, Valdivia – Chile.
PREMIACION: El Acto de Premiación se realizará en una ceremonia pública en la ciudad de Valdivia en fecha que se anunciará con la debida anticipación. Serán de exclusiva incumbencia de los participante los eventuales gastos de traslado y asistencia a la ceremonia.

 
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domingo, 8 de septiembre de 2013

Libro: LA BELLEZA COMO DEMOSTRACIÓN de David Hevia

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Quiero compartir con ustedes el lanzamiento de mi libro LA BELLEZA COMO DEMOSTRACIÓN, que reúne ensayos sobre estética y que será presentado por el ex presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, Fernando Quilodrán. La cita es este jueves 12 de septiembre a las 19:30, en la sala Pablo Neruda de la Casa del Escritor, ubicada en Almirante Simpson 7. Los espero a todos con un ejemplar de regalo y un abrazo.  David Hevia.
 
LEER
 
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Luis Danilo Macaya Jiménez: 11 de septiembre de 1973. El día del golpe militar

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Aprendimos con dolor, las verdades y la injusticia. A veces
tan sutilmente que cuando esta realidad se acercaba a
nuestras vidas, no extrañaba para nada.
Pasaba otro día y seguíamos caminando, meses y años.
Un día despertamos del sueño, había un nuevo aire,
respiramos y volvimos a soñar.
Todavía seguimos soñando.


 
 
Aquel día, que cambió el concepto que se tenía de Chile; "Un oasis de paz en Latinoamérica". Me levanté temprano para ir a clases en la Universidad Técnica del Estado (UTE) de La Serena. Curiosamente, ya que yo no era bueno para los mandados, fui a comprar el pan (más extraño para otros) en el local que me quedaba a cuadra y media de mi casa. La fila, que no tenía más de 20 personas, avanzó rápidamente y tras de mí un par de señoras conversaban:
- ¿Escuchó vecina lo que pasó en Valparaíso? Se amotinaron los marinos y escuché que el presidente estaba hablando algo en la radio. La señora respondió que no tenía idea de nada y la otra, insistía que la cosa estaba fregada.
 Volví a casa y pregunté a mi madre si había escuchado algo en la radio. Como ella no estaba informada, tomé mis libros y me dirigí a la Universidad. Vivía yo en el centro de Coquimbo, tomaba fácilmente el microbús en el Empalme. Mientras viajaba rumbo a La Serena, la mente divagaba con mis problemas cotidianos y de los estudiantiles, casi olvidando las conversaciones de las señoras en la panadería.
Las cosas cambiaron al entrar a La Serena, subiendo por la Avenida Francisco de Aguirre. Todo despejado, pocos vehículos, ya eran cerca de las 9 de la mañana. Totalmente ignorante de los hechos en desarrollo, me llamó la atención una “Cuca” o “Juanita”, como apodaba aquellos tiempos a los furgones de carabineros, venía bajando por calle Colo Colo frente a la Plazuela Buenos Aires. Las puertas traseras del furgón venían abiertas, haciendo que volviera la vista para mirar atrás. Apenas se cruzó con el microbús en el que viajaba, divisé tendido sobre el piso interior del vehículo un policía con casco de combate, su ametralladora con trípode, posiblemente una punto 30. El microbús se acercaba al paradero donde debía bajar. Llegando a la Universidad me encontré con todo el revuelo.
Por parlantes, se escuchaban los acontecimientos narrados por la radio. Los dirigentes estudiantiles llamaban a asamblea. La radio trasmitiendo los primeros bandos militares. Los estudiantes llamando a defender la Universidad: —La universidad es autónoma, no la entregaremos— decían.
El golpe militar era un hecho. No me encontré con mis compañeros de cursos, estaba solo. No podía comentar nada con nadie, como pollo en corral ajeno deambulaba por pasillos y patios de la universidad. Tenía pocos meses estrenando mis 18 años y los parlantes repetían bandos militares.
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Censura: Por realizar denuncias escritas contra la Minera Barrick, el Poeta Juan Soñador Rivera, fue expulsado de la Feria del Libro de Atacama, Copiapó

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DECLARACION PÚBLICA
En torno a este caso, la Sociedad de Escritores de Copiapó, declaró:
Con motivo de la censura recibida en el día de ayer por el escritor atacameño, Juan Soñador Rivera, al momento en que se presentaba  su libro, en el escenario central de la Feria del Libro de Atacama,  motivada por un breve gesto de rechazo a la Empresa Minera Barrick, cuestión que significó lo dejaran sin micrófono y forzado a retirarse del escenario, declaramos:
1.- Nuestro total rechazo a aquella actitud prepotente y censuradora de los organizadores de la Feria.
2.- Inadmisible la actitud, porque ella esconde una advertencia inequívoca de lo que se debe hacer y no hacer en función de parámetros excluyentes e inhibidores, para quienes pretendan ser parte de la parrilla programática de la Feria.
3.- La Feria, organizada por la Cámara Chilena del Libro, debiera de constituirse en un espacio de creación, reflexión y participación de la comunidad local, y no en un instrumento de mero consumo, por más que los productos ofertados sean de carácter cultural.  De lo contrario estaríamos repitiendo los modelos consumistas de cualquier otro producto.
4.- Intuyendo la concepción que tienen los organizadores de la Feria de un evento de esta naturaleza y el poco respeto por el creador local, en cuanto al trato y deferencia para cuando se está en la gestiones de producción de la Feria, es que nosotros como Sociedad de Escritores de Copiapó, nos marginamos de la Feria y este año no participamos de ella, porque no nos prestamos ni nos prestaremos para concepciones tan erradas de lo que es cultura.
Dicho documento fue firmado por la directiva de la Sociedad de Escritores de Copiapó: Fernando Rivera Lutz, Presidente; Tatiana Mayerovich, Tesorera y Paula Becquer, secretaria.
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Escritores: 40 años de lucha contra el terrorismo de Estado. Jorge Etcheverry

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Nilton
 

Como si fueras una vasta cara morena
 de grandes ojos
 sorprendida por un disparo
 y fijada para siempre sobre la mitad inferior del mundo
 Repetido tu rostro sobre los periódicos en cada hora que pasa
 Para impedirnos olvidar
 La ineluctable masacre que como el segundero del reloj
 avanza hacia el advenimiento de los Nuevos Tiempos
 Inscritos como una marca sobre la frente de los pueblos más débiles
 
 Como si con tu rostro hecho pedazos
 en san Martín con Agustinas
 Hubieras caído de espaldas sobre el mundo
 Amenazando de paso el Edificio Central de la Administración
 Impidiendo el sueño de empresarios y policías
 Que discuten en sus reuniones el mejor modo de rematar tu cadáver
 
 Estamos seguros de contar contigo cuando llegue el momento
 Nilton da Silva. Volveremos a ver tu rostro
 En la primera concentración que hagamos en el centro.
 
 
 
Más de Jorge Etcheverry

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lunes, 2 de septiembre de 2013

Edmundo Moure Rojas. Escritor. EL FUEGO Y LA CENIZA. Septiembre de 1973/ Septiembre de 2013

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Ningún hombre es una Isla,
Entero en sí mismo; todo hombre
Es un pedazo del Continente,
Una parte de Tierra Firme; si
El Mar se llevara un Terrón,
Europa perdería un Promontorio
Como si se llevaran la Casa
De sus amigos o la tuya propia.
La Muerte de cualquier hombre me disminuye
Porque soy parte de la Humanidad; y
Por eso nunca procures saber
Por quién doblan las campanas:
Doblan por ti.
John Donne (1573-1631)
 

Mi generación nació en los albores de la II Guerra Mundial. Somos hijos de muchas hogueras y de terribles holocaustos. No obstante, aprendimos muy temprano, por boca memoriosa de los ancestros de la Galicia remota, que el espacio sagrado en donde se guarda el fuego se llama hogar, o lareira... Cuando había que conservarlo, como el mayor de los tesoros surgidos de las tinieblas, las benefactoras brasas se cautelaban durante todo el año. El último día de aquel ciclo, a medianoche, se las dejaba extinguir y las cenizas eran arrojadas sobre el campo, en señal unívoca de muerte y resurrección. Y se volvía a encender la nueva lumbre, con la promesa de doce meses venturosos. Si, por alguna razón, se apagaba antes de tiempo, la desgracia caía sobre la casa-hogar, en la forma mustia de la ceniza, metáfora ancestral de la desdicha humana que conlleva toda aniquilación.
Pero el fuego ardía también en nosotros. Temprano escuchamos al poeta que nos decía: “No es el hombre lo que me maravilla, sino el fuego que devora al hombre”. Queríamos aprehender esas llamas y atesorarlas en el arca del corazón. Las brisas que las avivaban eran las ideas. Había que cambiar el mundo con ellas, y éramos los elegidos para esa tarea, por convicción íntima, nacida de la voluntad de entregarnos a la incipiente lucha revolucionaria. Desde un modesto barrio, al sur de Santiago de Chile, en las calles de una república joven que entendíamos como “ejemplar democracia”, según se nos enseñaba en la clase de Historia, íbamos a derribar los odiosos poderes de la plutocracia. Era posible. Bastaba con que nos uniéramos, conjurados bajo la luz de generosos ideales, hermanos en la común batalla liberadora. 
 Teníamos dieciocho años en el despertar de 1959. Por la radio nos enteramos, a eso del mediodía, de la victoria de Fidel, Camilo y el Che, del desplome del tirano Batista y de su vergonzosa y consiguiente huida a Miami, donde el Gobierno del Imperio de las Estrellas le recibía como huésped dilecto, al igual que lo hiciera con otros sátrapas de nuestras repúblicas bananeras del Caribe; también con tiranos engendrados en países de más al sur, entre quienes nos jurábamos demócratas, herederos de Miranda, Lastarria, Bilbao, Martí, Rodó e Ingenieros…  
Celebramos el histórico triunfo cubano, con familiares y amigos del barrio, dentro de nuestras coléricas cofradías. Íbamos a cambiar la Historia, codo a codo con aquellos sucios barbudos de la sierra y de la selva. Nada ni nadie podría detener el proceso de transformación inminente. Las añosas estructuras no podrían eludir su derrumbe.
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El fuego incubaba entre nosotros su tiempo y su ira.
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Éramos jóvenes llenos de ideales. Nos apasionaba la política, porque veíamos en ella, más que simple estrategia de lucha por el poder, medio posible de crear un mundo mejor. El socialismo marxista, la social democracia europea y el social-cristianismo de Maritain eran vías abiertas, caminos para encauzar las diversas corrientes de pensamiento filosófico, en detrimento del credo ramplón del libre mercado, regulador “natural” de la vida humana, que representaba el viejo capitalismo de cuatro siglos, opresor e injusto, sustentador –sobre todo en nuestro continente- de las peores tiranías, culpable de crímenes de lesa humanidad, del genocidio de los pueblos originarios y del hambre de millones de seres. 
La noche del domingo 4 de septiembre de 1970, arribamos a Casa, con algunos compañeros de militancia, cargados de banderas, celebrando a gritos la victoria en las urnas de Salvador Allende. Mi padre gallego, emigrante, hijo apasionado de la República Española, estaba frente a la verja, los brazos sobre el tórax y una mirada que encendía de preocupación sus ojos azules. 
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-“¡Ganamos!”– grité, palmoteándole… -“Aún no hemos ganado nada- retrucó, porque desde este momento las fuerzas reaccionarias se confabularán para impedir que Allende gobierne. Se avecinan días terribles”- Cerró la puerta. A través de la ventana observé su silueta. Había abierto un libro. Quizá buscaba también una respuesta que no fuera la tragedia de otro pueblo avasallado por sus opresores.
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Pensé que él estaba equivocado, que en Chile no ocurriría lo de España. Mil días más tarde, Allende se despidió para siempre de las grandes alamedas y pereció, en medio del humo y la metralla, en la feroz asonada militar del 11 de septiembre de 1973 contra la República, simbolizada en su Casa de La Moneda, habitación de los presidentes democráticos de Chile, bombardeada sin piedad por criminales facciosos. Una vez más, la artera ceniza parecía ahogar todo ardor propiciatorio.
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Pese a todo, continuamos acariciando los sueños del fuego liberador; los alentamos durante un cuarto de siglo, hasta que los sentimos  desplomarse, bajo el peso de nuestros propios errores y de la garra ávida del enemigo, con la caída del socialismo de estado, y con otras decepciones íntimas en la pequeña patria. Antes, habíamos presenciado la muerte del Che –abandonado de sus antiguos camaradas-, y la desaparición de otros combatientes heroicos, en medio de la utopía del fusil justiciero y de la redención campesina. 
 Sólo China parecía sobrevivir, exhibiendo la asombrosa capacidad de adaptación de sus mandarines, vueltos comisarios políticos, de astuto doble discurso y acción sibilina, incólumes en su inmenso reino de mil trescientos millones, hábiles para copiar la mejor tecnología de Occidente, mejorarla y producirla a bajísimo costo (una revancha sutil, quizá, de la depredación ocasionada en su ancestral imperio por las potencias occidentales, en tiempos de su refinada civilización, para apropiarse de la pólvora, el papel, la tinta, la brújula, los lentes ópticos, y otros cien prodigios del saber humano). 
Fidel envejeció, como los patriarcas otoñales de palacio que recrea el realismo mágico, sofocado en los estertores de su propio anhelo mesiánico. Cuba sobrevive, bajo un bloqueo de medio siglo, que ningún otro país nuestro hubiera podido resistir, pero es un pobre consuelo ante el esfuerzo contumaz de su pueblo digno y solidario. Hoy se espera también su definitivo derrumbe, para que el Imperio entre a saco en la isla y reponga los alegres y lujosos casinos de los 50’.
Concebir un sistema social más justo y equitativo, que no se mueva según las leyes de la oferta y la demanda, que desestime la codicia como regla de oro para los móviles humanos, que condene y proscriba la avaricia, anatematizada por todas las grande religiones, parece en nuestros días una intención utópica, fuera de la realidad, propósito tan descabellado e incierto como preconizar revoluciones armadas. Se colegiría, entonces, que el ser humano no puede ser mejor de lo que es y que los ilusos que porfíen lo contrario deben ser apartados del fluir imparable del progreso tecnológico, nueva panacea vertiginosa que sólo permite medrar a los más astutos. 
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Puede que nos hayamos vuelto extemporáneos, porque cada cultura tiene sus propios dioses y cada generación sus códigos para entender el mundo, y los nuestros fueron ya borrados de los altares y proscritos de los libros de texto.
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¿Qué nos queda hoy? La respuesta rotunda y totalitaria de la globalización real y virtual: la productividad a todo trance del capitalismo salvaje, hecha filosofía planetaria de vida circense y de muerte ecológica del planeta. Un solo guía, un solo sistema. 
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El principal móvil humano parece ser la ambición devenida en avaricia, el deseo sin pausa de poseer, que la subcultura de hoy exacerba a través de los medios de información, dominados de manera casi incontrarrestable por las grandes corporaciones, adversarios sin rostro ni nacionalidad, como el señor del castillo de Kafka, amo anónimo de individuos numerados que le sirven y veneran. 
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Ya ni siquiera debemos preocuparnos por la vida futura. Los vicarios y administradores de Dios, que hace dos milenios crucificaron a Cristo, parecen preteridos por una sociedad que relegó el espíritu religioso a inútil ejercicio convencional, porque la felicidad, o se obtiene aquí o no se logra jamás. Y los que aún pretenden llevar una vida religiosa más o menos fundamentalista o sostener a viva fuerza sus teocracias –algunos pueblos musulmanes- son atacados en dos frentes: como terroristas, agentes perversos del caos, o como potenciales clientes para integrarse al sistema del “american way of life”, que los corroerá por dentro, tarde o temprano, bajo su inevitable marea.   
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Quizá por eso, a cuarenta años de la tragedia que se abatió sobre la patria, organizada y ejecutada por quienes se mimetizan hoy bajo nuevos disfraces de hipocresía, toda esta farándula electorera nos resulte vacua, sin sentido, salvo para los prevaricadores del poder, cuyo discurso se hace único y homogéneo, como si se cumpliera el verso-arenga de Nicanor Parra: “La Izquierda y la Derecha unidas, jamás serán vencidas”.  
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La literatura y otras artes seguirán siendo cálido refugio para algunos de nosotros –lo han sido ya en tantas derrotas y fracasos-, uno de los escasos reinos que pueden cobijar aún a la inmensa minoría de desterrados a la que pertenecemos, tú y yo, nunca rendidos, fieles al fuego, a la sangre y a la memoria, cobijados en esta Casa reconstruida sobre “la triste ceniza que yace y duerme en el olvido”. 
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El corazón continuará latiendo entre las brasas que preservamos, para que otros puedan avivar, sin pausa, la llama intemporal de la esperanza.
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