martes, 26 de marzo de 2013

Antología de la poesía chilena. LA GENERACIÓN DEL SESENTA O LA DOLOROSA DIÁSPORA. Catalonia, Chile, 2012.

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Omar Cid, escritor
Crónica Digital
 
 
 
 
 
Re-plantear la historia, buscar nuevas lecturas, no debiera en ningún caso generar tanto ruido. Sin embargo por alguna curiosa razón, cuando se indagan nuevas perspectivas de análisis, nuevas voces en el terreno literario y de modo especial en la poesía, pareciera que se estuviera atentando contra cierta dogmática instalada a fuerza de letanías.

Tocar el libro sacro, alterar los venerables nombres instalados allí, por los sacerdotes de la palabra, tiene su similitud con una vieja tradición judía, se dice que en el antiguo templo de Israel, existió un lugar llamado Kodesh Hakodashim, una especie de santuario supremo, donde la presencia divina era patente. Su entrada estaba prohibida, excepto para el Sumo Sacerdote, quien ingresaba al lugar una sola vez al año. Demás está decir que los que violaban la prohibición eran castigados con la muerte, e incluso el elegido, podía correr esa suerte sino respetaba una serie de procedimientos.

Definido el escenario, el trabajo de selección elaborado por Lila Calderón, Teresa Calderón y Thomás Harris en “Antología de la poesía chilena. La generación del 60 o de la dolorosa diáspora” es un esfuerzo más por ordenar un baraja todavía dispersa, donde todas las cartas son archiconocidas. Entonces una primera virtud del texto, apoyado por la editorial Catalonia, es la opción de bucear en las mohosas aguas de una generación sentada en sus laureles y amparada bajo el grandilocuente concepto de canon.

El texto incluye a 26 autores, donde tiempo histórico y espacio juegan un papel preponderante, bajo esa perspectiva existe una coherencia y profundización de conceptos en los compiladores, ya en su antología “veinticinco años de poesía chilena (1970-1995) del año 1996, los poetas seleccionados nacen entre 1937 y 1962, son sacudidos por un suceso histórico que altera la vida del país y de sus habitantes como el golpe de Estado de 1973. Esta generación de voces “emergentes” según Waldo Rojas, se transforma en una experiencia cultual diezmada y sometida a la diáspora. El concepto diáspora es en ese entonces (mediados de los 90’) un adjetivo más, en la antología del año 2012 pasa a ser un elemento central de clasificación; y por tanto un reconocimiento a una producción literaria desconocida y no considerada.

Otro componente de importancia a mi juicio, es una sensación de época, pareciera que en la primera mitad del siglo XX, la poesía chilena estaba escrita con nombre y apellido, cada uno con su feudo y siervos incluidos. Desde 1950, comienza una especie de decadencia o proceso de liberación estética, donde los viejos nombres pierden terreno, hasta que en la llamada generación del 60, los grandes maestros se desvanecen y comienza una dispersión de estilos, una heterogeneidad de voces diseminadas por todo el territorio nacional, cuyas expresiones dieron paso a revistas, recitales, agrupaciones o simples grupos de conversación.

Desde ese momento los intentos por establecer un orden escritural, se vuelven cada vez más difíciles, de ahí entonces la importancia de rescatar el atrevimiento de los compiladores, quienes teniendo conciencia de las limitaciones existentes, y desde sus propios paradigmas literarios, provocan a los lectores entendidos y aportan ciertas claves de lectura, para las generaciones posteriores.


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